jueves 19 de noviembre de 2009

Un libro, una caja de bombones y un lápiz de labios

Un libro bajo el brazo izquierdo, una caja de bombones bajo el brazo derecho, y un lápiz de labios en el bolsillo de mi abrigo, así entraba por la puerta hace unas horas. Hoy ha sido una tarde de paseo en la que no llevaba más intención que ésa, la de pasear. Al pasar por detrás de la catedral recordé la exposición de fotografía que se anuncia en los foteros , en la librería Birdy sita justo en la esquina. He pensado que podría entrar. Pero antes de entrar a la librería Birdy para ver las fotos de mis colegas foteros (ataque de risa, por lo de colegas, que ellos son unos auténticos profesionales y yo de fotografía sé tanto como de la reproducción asexual de la ameba, pero sucumbo ante la idea de encontrar una imagen que me diga tanto o más que las palabras), decía, antes de eso he querido dar un paseo por la plaza Mayor, cuyas terrazas aún bullen merced a este extraño noviembre con tardes de primavera. Raro noviembre... No sé, no suelo ser catastrofista pero esta temperatura, suave, vacilante, extraña, es como la quietud o el silencio que precede a la tragedia, como aquella enorme playa que una sigilosa marea dejaba al descubierto en Sumatra y que después volvió a engullir en forma de una gigantesca ola que hizo temblar el mar y la tierra. Después he ido al bodybell de la plaza del Gobierno Civil (nunca recuerdo cómo se llama esa plaza, ni si la estatua que hay en mitad es de Alfonso X el Sabio o es de Miguel de Cervantes, ahora discuto esto con Jota y me dice que si es que no es un caballo... en fin...) buscando un serum facial que es una maravilla, que te levanta (nada de reafirmar, a mí ya hay que levantármelo) el contorno del óvalo de la cara y te convierte en una veinteañera en un abrir y cerrar de bote. Como suele suceder siempre con estas cosas, ya no existe, o se llamará de otra manera (claro, me duran años), pero a cambio me he comprado una barra de labios, que de ésas sí que gasto, y ahora que estamos en crisis más, o eso dicen; la crisis dispara la venta de lápices de labios, relación sobre la que teorizó el vástago de Estée Lauder, Leonard Lauder. La teoría es que ante la imposibilidad de no poder comprar un vestido o unos zapatos caros, la mujer encuentra su gratificación en el lápiz de labios, mucho más económico y, a veces, mucho más impactante.
Contenta con mi nuevo lápiz de labios (y cuatro cepillos de dientes), me he dirigido a la librería. Desde que leí el título de este libro he querido comprarlo (ya saben, ese extraño mal que me aqueja): La soledad de los números primos. Por la edad de su autor puede que sea una pastelada infantojuvenil, pero le daré un voto de confianza sólo por ese título tan estupendo.
Contenta con mi nuevo libro, me disponía a regresar a casa y el olor a tardenoche de abril me ha recordado que falta un mes para Navidad y no huele a castañas asadas y el frío no hace por traspasar ni la prenda de abrigo de entretiempo que llevo. La ausencia de presagios de la inminente pero lejana Navidad me ha recordado a la escuálida Paloma Cuevas, que tiene pinta de estar comiendo bombones Ferrero Rocher a todas horas. He caído en que tampoco los escaparates anuncian Navidad, es pronto. Desde que en primavera cerraron la tienda que había frente a mi casa y cuyo escaparate cambiaba según lo que estaba por acaecer (mochilas y material escolar semanas antes de empezar el colegio, flores artificiales antes del día de Los Santos, un árbol de Navidad y motivos navideños un mes antes de Navidad, disfraces antes de carnaval, flotadores y manguitos o tablas y balones de playa cuando se aproximaba el verano) ando desorientada sin esa anticipación, sin ese devenir que me situaba en el tiempo. La llamada del chocolate ha sido insistente y dispongo de un Mercadona bien a mano. Babeaba cual perro de Paulov pensando en los Mon Chéri, ese orgasmo para el paladar con forma rectangular en cuyo interior se esconde una jugosa cereza bañada en licor... El año pasado elaboró uno de coco que era una delicia, pero nada comparado con ese eclosión de licor en las gustativas. Mi sorpresa ha sido el hallazgo de un nuevo Ferrero, Rondnoir.
Contenta con mi caja de bombones, ahora sí que me he encaminado a casa con un nuevo color de labios que estrenar, un nuevo libro a la cola para leer y un nuevo bombóm Ferrero que áun no anuncia Paloma Cuevas, que yo ya he probado y que sabe a gloria. En este extraño mes de noviembre hoy me ha dado por anticiparme a la Navidad, como un inquietante presagio...

miércoles 18 de noviembre de 2009

Entre pesadillas y sueños

Me obsesioné en mi infancia con el año dos mil. El año dos mil daba dos enormes saltos, uno de altura: el comienzo de un nuevo siglo, y otro de pértiga: el comienzo de un nuevo milenio. Pero a mi corta edad la preocupación no era que sería testigo de tal cosa, sino la angustia de la profecía de un sacerdote que salía en televisión y no se cansaba de anunciar el fin del mundo para tal fecha. En ese sinvivir en el que se sumía mi pensamiento (sobre todo por la noche y bajo las sábanas, que es donde gustan morar los miedos y los fantasmas), imaginaba el mundo convertido en una enorme bola de fuego el uno de enero de tal año, y a toda la humanidad, incluyéndome a mí, ardiendo en esas llamas de Juicio Final. Mientras todos ardíamos, Dios bajaba del cielo envuelto en una nube, con gesto adusto bajo su barba blanca parecida a la del abuelito de Heidi, su túnica blanca y su capa azulada, y un enorme bastón de mando de oro que destellaba hasta cegarnos, por si no era bastante con arder. Entonces se detenía, contemplaba impávido al mundo que había creado ahora hecho un cisco, me señalaba con su bastón y me invitaba a subir en su nube blanca de algodón. Desde mi privilegiado palco veía como sufría el resto de la humanidad y como Dios iba señalando a éste sí a éste también, a éste no ni ése tampoco (y éste y ése seguían ardiendo y retorciéndose hasta que el demonio envuelto en más llamas viniese en su busca). Aquel holocausto se repetía noche tras noche. En realidad no me preocupaba la muerte en sí, porque estaba segura que tenía reserva de plaza en el Paraíso, me preocupaba la manera de morir, y ésa me aterraba.
Aquella pesadilla desapareció en el momento en el que dejé de creer en falsos profetas y en que concluí que no había más cielos ni más infiernos que los terrenales. Dios sólo existiría si yo quería que existiese. La muerte era el final del camino y ya no me asustaba tanto aquella manera de morir tan apocalíptica, ahora me aterraba su inclemencia y su elección indiscriminada. A la parca le daba igual el diámetro de hueco que dejaba... la muy puta... y eso sólo se aprende cuando caes por el enorme precipicio de un hueco de enorme diámetro que se abre de manera inesperada.

En mi adolescencia tenía más ensoñaciones que sueños o pesadillas, ensoñaciones (o un soñar despierto, tan inherente a la adolescencia con la extravagancia o la timidez, como el vociferio y las carcajadas sin asomo de pudor cuando se arropan en grupo) provocadas y buscadas, mucho más gratificantes que la muerte y el fin del mundo. Estos sueños sí que respondían a las teorías freudianas: los sueños son realizaciones disfrazadas de deseos reprimidos. A dios gracias que existían los sueños y esos íntimos momentos de abstracción para canalizar ese torrente hormonal que se desataba por las venas y que la educación aprehendida se encargaba de frenar.

Es curioso, a medida que van pasando los años se van perdiendo los sueños a la par que las pesadillas, al menos yo no recuerdo ni los unos ni las otras, casi nunca. Será que dejamos de creer en lo inalcanzable (contemplamos la luna sin la más mínima intención de levantar la mano para tocarla), y que se mitigan tanto los miedos como las ilusiones. Será, tal vez, que hemos encontrado el equilibrio, que aspiramos a lo que sabemos que puede estar a nuestro alcance y que hemos aprendido a controlar nuestros miedos, que ahora, lejos de angustiarnos, nos hacen fuertes. Sucumbimos a la realidad para bien y para mal. Aunque hay un sueño que se repetía constantemente no hace mucho, cuando veo Mar adentro me acuerdo de él en esa escena en la que el personaje de Ramón Sampedro coge carrera y salta por la ventana. Volar y contemplarlo todo desde arriba, a vista de pájaro, aunque mi sueño siempre termina cayendo en picado y me despierta el sobresalto antes de estrellarme contra el suelo… Diría Freud que antes que nada está el instinto de preservar la propia vida, de ahí que nunca morimos en nuestros propios sueños.

lunes 16 de noviembre de 2009

Préstamos que no se devuelven

Me han robado en dos ocasiones, la última vez se trató de una barra de labios que acababa de comprar y que llevaba, aún sin estrenar, en el bolso. Nunca puede demostrar con pruebas quién me la había robado, pero ese color de labios se estuvo paseando por delante de mis narices medio curso.

Cuando el primer robo, tenía quince años y era residente en un colegio menor. Me dejaron sin una peseta para poder volver a casa. No se me ocurrió ir con el cuento a la supervisora de la planta, así que solventé el asunto mendigando en la estación de autobuses hasta juntar las ciento diez pesetas que costaba el billete. Supongo que mi cara y mis circunstancias fueron convincentes porque no me costó mucho tiempo, ni tampoco me encontré muchas negativas. Por aquel entonces había muchos y muchas de mi edad que utilizaban esta artimaña hasta que conseguían lo suficiente para un paquete de tabaco, que se solía comprar sin cortapisas en una tiendecilla cercana al instituto, eso o un cigarrillo a diez pesetas que nos vendía, a hurtadillas de los profesores, el propio bedel, que solía sacarse un sobresueldo cojonudo alimentando nuestros tempranos vicios.
Hace a penas una hora se me ha acercado un joven, podía tener veintitantos. No me ha abordado sin esperarlo, ha requerido mi atención desde la otra acera diciendo si podía hacerme una pregunta. Yo me he parado solícita y él ha cruzado la calle correteando... criatura... Esperaba me preguntase por la academia Sec de informática, o la Clínica Babiera, que suelen ser las cosas que la gente busca por este barrio, pero su pregunta (nada intimidatoria) era si le prestaba un euro que necesitaba para coger un autobús hasta Puertollano (mucho más suave el uso de tal verbo, PRESTAR, que el verbo DAR, dame un euro, cuyo uso parecería más una orden, además del tono intimidatorio). Ha tenido suerte (vamos, sé que se estará fumando un porro a mi salud y en detrimento de la suya), le he prestado el euro que no me devolverá nunca y le he concedido el beneficio de la duda, se lo ha ganado por su buena educación y por su presencia (me ha recordado a Jamie Cullum y su aspecto de joven desvalido, de pelo revuelto, complexión debilucha  y cara de anemia ferropénica, al que nadie hace cantando jazz), pero sobre todo por su inocencia, porque todavía los hay que usan las viejas tretas a sabiendas de que no convencen a nadie, pero lo hacen con educación y estilo, no como aquel pendón del lápiz de labios que encima se hacía llamar amiga.

viernes 13 de noviembre de 2009

Pintadas protesta y otras manifestaciones culturales

Ataque anti-Radar

El primer ataque fue una pedrada en el ojo, así es que durante varias semanas el radar estuvo con su objetivo hecho añicos. Fue reparado.
El segundo ataque consistió en una mano de pintura color crema que volvió a dejarlo ciego. También aquello fue subsanado.
El tercer ataque ha sido brutal: por delante han pintado dos círculos negros, enormes, a modo de ojos, el objetivo ahora es una nariz negra y alargada y, debajo de tal napia, una sonrisa de oreja a oreja (que no tiene). Pero el más brutal ha sido por detrás.

He aquí otra pintada protesta, las hay a cientos en las cocheras de mi ciudad. Hay quien defiende que es una forma de expresión y una manifestación cultural. Me apuesto el cuello a que estos cultos artistas (los adivino entre los dieciseis y los vientipocos) de los spray de colores, que plasman sobre mi fachada sus sesudos pensamientos, están convencidos de que los templarios son los que de vez en cuando se cogen una cogorza, vamos, como dicen en mi pueblo: Menuda tiempla lleva ése.
*Templarse: enbriagarse.




A éstos, para que se templasen bien, les daba una escalera y un estropajo y hasta que no devolviesen a la pared su estado original no se iban a ir a comer.

Por último, hago alusión a otro fenómeno cultural del todo vale como cultura. Hace unos días, unos niños se embadurnaron las manos de pintura de diferentes colores y las restregaron a su antojo sobre un lienzo en blanco. El lienzo se expuso en una galería de pintura abstracta. Si ese tipo de pintura me ha parecido siempre absurda y una tomadura de pelo (perdónenme, será como el cante hondo, que se entiende o no se entiende, pero a mi me pone dolor de cabeza), las conclusiones de quienes contemplaban el cuadro (ignorantes de que unos niños se lo habían pasado pipa rebozándose en aquello) demuestran que los seres humanos tenemos una tremenda capacidad de invención ante lo que no tiene ni pies ni cabeza; unos vieron erotismo, otros vieron sufrimiento, y un tercero vio una tremenda carga de represión sexual. Éste era el mejor encaminado, por aquello del complejo de Edipo y Electra, ya que los niños y las niñas de corta edad son susceptibles de padecerlos.
La abstracción  no es otra cosa que llegarse, que acometer en los adentros, por tanto, tales apreciaciones son la conclusión de uno mismo... pienso.


jueves 12 de noviembre de 2009

3 a 0 (Nada que ver con Alcorcón-Real Madrid)

Esta mañana se me ha ocurrido hacer el primer tanteo, y el resultado ha sido aplastante: tres-cero. He informado a la primera usuaria, perteneciente a un grupo de riesgo (población diana) de la gripe A, de que ya tenemos aquí la vacuna, desde ayer, y que previsiblemente (este previsiblemente depende del tiempo que tardemos en consensuar cómo vamos a organizar la consulta "en función de" y del tiempo que tardemos en leernos la última información recibida esta mañana al respecto sobre Población Diana (grupos por patología y edades), nombre de las vacunas (tres presentaciones y dos laboratorios: GlaxoSmithKline y Norvatis), presentación y modo de administración, precauciones, contraindicaciones, y un largo etcétera) comenzaremos a vacunar el lunes, a más tardar el martes. Embarazada de siete meses… No se pueden imaginar su cara de susto. Su expresión era como si algo terrible que sabía que iba a suceder pero que confiaba en que no sucediese acabase de acontecer en ese preciso momento y la dejase paralizada. Y después de un silencio cara a cara, no le ha quedado otra que decir lo que yo tanto me temo: ¿Y qué hago? Nada de pregunta retórica, es que realmente demanda el que el profesional como tal decida por ella, y que sea una garantía de que, haga lo que haga, no va a correr riesgo. Ay, si yo fuera La Divina Providencia…
Después ha entrado un matrimonio, también ambos dentro de los grupos de riesgo. Les he informado de lo mismo. Estos han sido rápidos y contundentes: “Mire usté, nosotros no nos pensamos vacunar, si casi nunca nos resfriamos…”.
Salud, según la OMS, es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no únicamente ausencia de enfermedad. Pero dentro del concepto de salud también entran estas otras apreciaciones personales sobre el estado de salud con respecto a uno mismo (no me hagan buscar autores y bibliografía que lo ratifique, obviamente existe); diabético, bronquítico y obeso mórbido, pero qué leches, su apreciación personal es que tiene una salud de hierro, y que los catarros se los cogen otros, por tanto, no se van a vacunar. Y no entran en más polémica de si es política, de si es negocio o de si han sido los americanos quienes han generado el virus para experimentar. Y les da igual que se la ponga la ministra, que caduque en el frigorífico, que se devuelva o que se la ponga Pepito Pérez para demostrar al mundo que es inocua y que tiene más ventajas que inconvenientes, “es que mire usté, nosotros no la necesitamos”, sencillamente.
Al personal sanitario no le queda otra que vender la moto y tragarse su opinión personal. Nuestra obligación es informar, ofrecer y vacunar a quien desee vacunarse y se encuentre en los definidos grupos de riesgo, que expongo a continuación a título informativo:
Trabajadores socio-sanitarios: todo personal médico y de enfermería, personal empleado de residencias de tercera edad y otros centros de atención a crónicos que tengan contacto continuo con personas vulnerables (ejemplo de estos últimos: personal voluntario, sin que necesariamente sea personal sanitario, en contactos con VIH u otros inmunodeprimidos).
Personal de servicios públicos esenciales: militares, bomberos, servicios de protección civil, trabajadores de instituciones penitenciarias y de otros centros de internamiento por resolución judicial, y quienes trabajan atendiendo a los teléfonos de los servicios de emergencias sanitarias.
Todos los mayores de seis meses que presenten condición clínica:
-Enfermedades cardiovasculares crónicas (se excluyen a los hipertensos).
-Enfermedades broncopulmonares crónicas (se incluye el asma moderado-grave persistente. Se excluye el asma de carácter leve estacional).
-Diabéticos I y II en tratamiento farmacológico.
-Insuficiencia renal moderada-grave.
-Anemias moderadas-graves y hemoglobinopatías.
-Asplenia (Ausencia de bazo)
-Enfermedad hepática crónica avanzada.
-Enfermedades neuromusculares graves.
-Pacientes con inmunosupresión.
-Obesidad mórbida (índice de masa corporal por encima de 40) IMC= peso en kilos/resultado de talla en metros al cuadrado.
-Niños y adolescentes menores de 18 años en tratamiento prolongado con ácido acetilsalicílico.
-Mujeres embarazadas.
No se recomienda vacunar a los menores de seis meses.

Y hasta aquí este magnopost que sé que no resolverá ninguna duda.