jueves 2 de julio de 2009

Un rayo de sol, oh, oh, oh…

Con la adquisición de un modelito Bora Bora Paula Vázquez, con idéntico efecto Visionlab (¡cómo! ¿No me creen? Me remito a las pruebas con la foto que ilustra el post… No, no, no es Paula Vázquez, soy yo con el bikini puesto), doy por concluida mi personal “Operación bikini”. Ya está renovado el vestuario playero, o “piscinero”. Ahora estoy en puertas de mi personal “Operación salida”, como siempre, hacia la playa, ese paraíso de arena juguetona que impregna toallas y bikinis, se cuela alegremente por la rabadilla y otras oquedades anatómicas si te descuidas, y se clava en las piernas como finísimos alfileres cuando es violentamente avivada por la tramontana o el impetuoso levante.
¡Ay, las playas! Ese paraíso de guiris como cangrejos salteados, de castillos maltrechos en la orilla por el vaivén de las olas, de rastrillos, palas y cubitos olvidados, de escopetas de Babaria bronceado intensivo sobre toallas o parcialmente soterradas en la arena, de untes y más untes de protector solar ISDIN facto cincuenta pediátrico para niños y sensibles níveas pieles… Esas largas lenguas de fuego dorado en donde arden tumbonas y sombrillas, además de intenciones y deseos…
Pero a mí sólo me gustan las playas desiertas, sólo el sonido de las olas sin más algarabías… Otra vez mi batalla perdida con Jota; yo norte, senderismo y relax, él sur, playas y bullicio. Todos los veranos entramos y salimos unas cuantas veces a lo largo del día en esa lista de divorcios que, se dice, se dilata merced a esos continuos roces de convivencia las veinticuatro horas del día, juntitos y bajo el efecto del asfixiante calor… Sí, nosotros somos así, nos gusta ponernos a prueba verano tras verano, y verano tras verano salimos reforzados, sí señor... nos decimos de todo y con sinceridad, como se dicen las cosas en un calentón de lengua... así es como se llega a conocer al otro verdaderamente. Empezamos con el viaje de ida (el de vuelta es idéntico, pero a él se suman agravantes como cargas emocionales del tipo estrés tumbona/playa/pesadillas con dunas), en el que Jota se cree que, en vez de su copiloto, soy un GPS última generación (a parte, no entiendo por qué se empeña en conducir él si tan bien estudiado lo tiene); allá que me entrega un mapa ininteligible que extrae de internet días antes, que pega trocito a trocito con tesafilm, y que yo tengo que ir desplegando y descifrando (reprogramándome cual GPS, como decía) las entradas y salidas de las autopistas. Si a eso le unimos nuestra ya demostrada orientación de paloma de Alberti, el caos está asegurado: dos horas más de viaje gratuitas, el efecto de la pastilla del mareo en las niñas que llega a su fin, vomitera en el coche, paradas en los arcenes para que les dé el aire… que si tú que no me has avisado de la salida, que si tú que parece que conduces con anteojeras… En fin… Una vez cruzamos el umbral de la puerta del hotel (como si llegásemos en patera: las niñas con olor a agrio, Jota con la cara desencajada, yo tirando de las niñas y a punto de desfallecer), parece que las aguas vuelven a su cauce y que es el comienzo de una semanita de descanso y relax: el hotel guay, la habitación guay, la zona de aparcamientos guay, la piscina guay, la playa guay del paraguay…Y el pantalón favorito de Jota que se quedó en Ciudad Real, y falta un bikini de las niñas, y el protector pediátrico que también se quedó en lo alto de la estantería del cuarto de baño… Nada, salvo el pantalón favorito de Jota, que no se pueda subsanar en un tiendajo de playa, ¡que no cunda el pánico!… Y comienzan esas deseadas vacaciones, por las que estás trabajando el resto del año, ésas que crees que mereces, y que tu cuerpo y tu mente ansían como ansia el agua el que muere de sed en medio del desierto, y que año tras año ésta que suscribe lo vive como una auténtica misión de guerra, y como tal regresa.
Y ahora me van a perdonar, mañana me esperan las playas de Cádiz, pero hoy me espera la piscina de Ciudad Real y voy a ponerme mi nuevo bikini de efecto Visionlab… ¿Siguen sin creérselo?

martes 30 de junio de 2009

Miel y Limón

Definir una vida con una imagen… Sabría definirla con palabras, por fracciones perfectamente delimitadas, como episodios con principio y final con un hilo de continuidad. Miles de punto y seguido, y cientos de punto y aparte.
Mi infancia con una frase, un verso robado: “Mi infancia son recuerdos de un patio…”. Un patio empedrado de La Mancha, una bola de fuego en mitad de un cielo despejado de verano, el sombraje de una parra de largos sarmientos, unos pies descalzos correteando sobre ascuas en el quedo silencio de la siesta, el brocal inalcanzable de un pozo, y macetas de geranios cuyos pétalos aterciopelados acababan sobre las uñas de dos niñas presumidas. Así se manifiesta de manera insistente, como queriendo salir por encima de todo, como un corto de nítidas imágenes en blanco y negro, o en sepia, como dicen que se representan los sueños, como las viejas fotos de familia.
Mi adolescencia con otra frase, verso también robado: “Volverán las oscuras golondrinas…”. Una historia que nunca volvería a repetirse, y un antes y un después como mujer.
Mi juventud, otro verso: “No perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta, no perdono a la tierra ni a la nada”. Moría mi hermano, y mucho de mí moriría con él. Ni perdono ni olvidaré jamás, así de miserable soy, así de humana. El principio de una eterna crisis existencial. Una canción inspirada en versos: Palabras para Julia. Una guitarra. Sesiones de cine. Miguel Hernández. Miguel de Unamuno… Y Jota.
A mis cuarenta, otra canción: “Te llegará una rosa…”. A mis cuarenta, la incertidumbre de si queda tanto al mirar al frente como si vuelvo la vista atrás, y la certeza de que no me convierto en sal.
Querría vivir cien años, y seguramente elegiré para definir mi vida entera aquel tango de Gardel: “Yo adivino el parpadeo de la luces que a lo lejos van marcando mi retorno…”.
No conseguía encontrar la imagen… Pensé en un tequila, pero me sobraba el alcohol… El alcohol y yo no nos llevamos bien, mi hígado es incapaz de metabolizarlo y lo escupe al torrente sanguíneo en estado puro… Tenía que encontrar la imagen del agridulce y esa pequeña luz que se filtra entre rendijas. Agrio y dulce. Luz y oscuridad. Frescura y empalago. Sinsabores. Una agradable y refrescante bebida si se mezcla en su justa medida con té rojo de Jordania y un par de hielos.
Miel y limón, ésta es la imagen.

jueves 25 de junio de 2009

No llores por mí

No llores por mí, mi querido Peter, en todo caso hazlo por ti, por tu soledad. Yo ya sabía que mi destino era envejecer y morir, el tuyo siempre fue incierto. Ahora mírate, lloras con el desconsuelo de un niño perdido, y con la rabia y la amargura de un adulto.

Has perdido tu liderazgo, ya no hay otros niños a los que instruir, ni capitanes garfios contra los que luchar. Los unos se fueron hace tiempo y no volverán, los otros quedaron vencidos para siempre jamás. Ahora sólo quedan harapos de sus disfraces y barcos encallados en la arena. No quisiste ir a despedirlos, tampoco saber qué había sido de ellos. Te escondiste en el hueco de tu árbol mientras ellos se marchaban cabizbajos y mirando hacia atrás, esperando verte asomar el hocico y sonreirles, qué menos. Sí, llámanos cobardes. Sólo los valientes como tú son capaces de volar hasta donde ya no hay oxígeno, y descender en picado para planear a ras de suelo sin estrellarse. Sólo tú eres capaz de contemplar cómo envejecemos sin inmutarte, sólo tú permanecerás cuando todos nos hayamos ido. Y sólo tú serás capaz de soportarlo. Entonces, ¿de qué te quejas? ¿Por qué gimes? Si sólo tú eres capaz de reír a carcajadas sin ningún pudor... Pero tu risa es cruel para quienes no la entienden... tú crees que sólo ríes y ellos creen que te burlas. Necios en risas y llantos.

Ay, Peter, mi querido Peter, envejezco sin poder evitarlo, y sin poder evitarlo vuelve a caer la noche, y vuelvo a confundir las sombras de los gatos callejeros con fantasmas o ladrones como cuando era niña. Aquella confusión me producía pánico, pero hoy me reconforta porque es como resucitar a la niña que llevo dentro... Cada día me cuesta más escuchar tus pasos y ver tu alargada sombra que se me antoja espectro... Pero tú ya lo sabes, sigo dejando rendijas abiertas por donde te puedas colar, sigo contando cuentos, sigo imaginando cosas maravillosas aunque resulte inútil el batir de mis brazos... No llores por mí... No. En todo caso llora cuando, irremediablemente, haya muerto.

viernes 19 de junio de 2009

Nada vuelve de igual manera…

Recordaba hace unos minutos a Carradine y su manera de morir... Se me venía esa frase de "la mujer del Cesar no solo tiene que ser honesta, sino parecerlo", y también me acordaba de la espada de Damocles de esta hipocrita sociedad planeando sobre la integridad moral de cada quisque. Aunque tu vida, que es a lo que voy con Carradine, sea intachable (psssss, porque parece que algún tachón que otro había, pero supongámosla intachable), muere de manera indecente y, lo siento pequeño saltamontes, pero la has cagado, serás un depravado por siempre jamás. Su recuerdo permanecía inalterable en la memoria, sentado en una estancia de monasterio tibetano, envuelto en un halo de misticismo y de inocencia, y con aquella mirada rasgada ávida de sabios conocimientos con los que luego haría justicia a golpe de salto marcial y sabias palabras aprendidas de sabio maestro. Y cuando vuelve, cuando reparo de nuevo en su existencia, resulta que se presenta fiambre dentro de un armario y atado de los huevos, menudo golpe de efecto el suyo… Nada vuelve de igual manera.

Como aquella muñeca de goma, “la pitusa”, con la que jugaba en el patio empedrado de mi casa, a la que lanzaba una y otra vez hacia arriba y, divertida, la veía dar vueltas y más vueltas en el aire hasta volver a mis manos. Pero un fatídico día, un cálculo equivocado de sus saltos y piruetas en el aire la hizo aterrizar en el tejado. Lloré océanos… Mucho tiempo después, me parecieron años desde ese erróneo sentido temporal en la infancia, mi padre me la devolvía aprovechando un repaso a tejas maltrechas por temporales. La abracé y se desintegró entre mis manos. Fue mi primer trauma: todo ser inanimado que yo amaba resultaba que no tenía alma, que sólo era goma que se corroe a la intemperie, o madera que se enmohece si se moja y se convierte en ceniza si la arrojas a una hoguera… Que los castillos que construía eran simplemente arena… Que todo sentimiento que yo les podía atribuir era absurdo... Que toda vida que yo pudiese darles era pura pantomima… Nada vuelve de igual manera.

Como aquel niño, pongamos por nombre Rubén, que venía a pasar unos días de verano a casa de su abuela. Su abuela decía que parecía un angelito de la Inmaculada porque su carita era nívea y dulce y su voz tímida y cándida… Yo no sabía muy bien cómo eran los angelitos de la Inmaculada, y mucho menos cómo hablaban, pero Rubencito era el vecinito de Valencia que venía todos los veranos a pasar unos días con su abuelita y a mí me alegraba tan sólo con verlo pasearse por mi calle. Rubencito creció como mucho un palmo (ya era muy recogidito de pequeño, como una cosita de encargo susceptible de transporte con la etiqueta MUY FRAGIL), y su abuela murió hace ya unos cuantos años, a Dios gracias, porque nunca supo que su angelito de la Inmaculada de blanco impoluto y manto azul celeste, aunque sigue teniendo su carita nívea y ya no tan dulce, cumplió condena por pederasta… Nada vuelve de igual manera. Nada.

jueves 18 de junio de 2009

No te salves

Fue un adolescente inteligente. Cuentan quienes compartieron curso con él, que su historial académico sobresalía en sobresalientes. Sobresalía. Podía haber estudiado la carrera que hubiese querido, pero quiso ser lo que le salió (le sobresalía) de dentro. Contra todo pronóstico, dio una vuelta de guante a su vida, plantó cara a quienes esperaban de él una brillante ingeniería o similar, y dio espaldarazo a su futuro de ciudadano acomodado. Él quería ser artista, así se define, con la palabra artista; como un actor que sólo sabe expresar lo que siente a través del baile. Y Billy Elliot quiso bailar y Billy Elliot bailó y bailó hasta volar.

El gris de Bruselas (pronto entendió que Bruselas suele dar la bienvenida vestida de gris) le recibía cuando contaba veinticuatro años, cuando la medida de su sueño seguía increscendo y la cosmopolita Madrid se le quedaba pequeña. Y ese empuje de la, a su antojo, desbordante vida o nos amedrenta o nos vuelve valientes, tal vez temerarios por breves segundos, instantes suficientes para cerrar los ojos y dar el salto sin miedo a despeñarse, con las agallas del guerrero que lucha uno contra tres para vencer. Él tenía un arma poderosa: la convicción de que no quería vivir (sentir) la vida de otra manera que no fuese como él la entendía, y allí estaba, en una ciudad tan bella como fría, cosmopolita y políglota, a cientos y cientos de kilómetros de un pueblo de La Mancha ajeno a esas otras maneras de vivir. No llegaba con una beca para completar estudios, no llegaba con un contrato de trabajo de ninguna multinacional… Llegaba para buscarse la vida en un mundo tan disipado e incierto como la danza, llegaba en busca de esa vida que sentía.

Hoy tiene su propia compañía y su propio espectáculo. No es rico, tal como entendemos la riqueza. No es famoso, tal y como entendemos la fama. Los años han contribuido a que pierda (además de su pelo) su belleza, tal y como entendemos la belleza, pero yo envidio su riqueza, su fama y su belleza. Envidio que no se salvara.

No te salves

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nuncano te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.