Ayer salí de mi trabajo dejando a mi coordinador médico enzarzado en una azarosa conversación telefónica con su director médico (inmediato superior).
La cuestión que se trataba telefónicamente es que llevábamos dos días sin calefacción en el centro, y el subcontratado del subcontratado del contratado había dicho que hasta el día siguiente no podría servir el gasoleo. Imagínense un pueblo de monte toledano, un centro de salud que antiguamente fue una casa vieja denominada la casa del médico y cuya humedad sube hasta media pared en algunas de sus estancias, y estos días (con sus respectivas noches) a la que una ola de frío siberiano le ha dado por atravesar el país.
Imagínense a un infartado, o a un politraumatizado, tumbado en la camilla de una sala de urgencias, a unos cuatro o cinco graditos de temperatura... como diría mi amigo Miguel, "na, que estaba de morirse".
Bromas aparte, las condiciones que estamos soportando el personal de este centro desde hace años no es cuestión baladí, que quien oiga hablar al señor Lamata (y al mismísimo Barreda) sobre gestión sanitaria en esta comunidad, pareciera que nos pasamos la vida inaugurando centros nuevos (en proyecto está construir uno aquí, que venimos demandando desde hace una década, aproximadamente) y que desarrollamos nuestro trabajo en unas condiciones que para sí quisieran las mismísimas Valencia o Navarra (primeras que se me ocurren así, de entrada, como de lo mejorcito sanitariamente hablando). Pues no, mire usted.
Llevo dos días con la nariz helada, y mis manos resucitan muertos (vamos, que si le toco a alguien el pecho desnudo lo cardioversiono automáticamente, sin desfibrilador ni leches).
El repartidor del gasoleo ha venido esta mañana, con lo que se deduce que la verborrea y amenazas de nota de prensa (lo que le gusta a los políticos tirar de los periodistas y notas de prensa, se ve que eso acojona) de mi compañero médico (y político, alcalde del pueblo de al lado) no sirvió de mucho. Pero no, el problema no está solucionado, los astros deben seguir confabulados para que continuen estas desgraciadas coincidencias, porque ya hay gasoleo... pero se ha jodido la caldera, que llevaba ya quince días avisando, porque en la ducha te quedabas de repente con un taco de agua helada. Hoy ha decidido dejar de funcionar y hasta mañana no podrán instalar una nueva (parece ser que ya es irreparable).
Sigo con más desastres, por ejemplo, que no deja de llover, y han vuelto a aparecer dos goteras que más que goteras merecen el nombre de riachuelos; una en la sala de espera, que obliga a poner toallas a lo largo de la pared para evitar que la sala se inunde; y otra en mi maravillosa consulta, cuyo techo está rajado por la mitad, y hay quien me dice (los lugareños, que conocen esto de toda la vida) que si el Bullaque va con fuerza, esta habitación puede venirse abajo. El Bullaque es el río del que me separan sólo dos paredes, la de mi consulta y la del patio del centro. Me tranquiliza el que el Bullaque hace medio siglo que ya no tiene ni caudal, pero se alegra cuando llueve durante días. La gotera de mi consulta está justo en una esquina, y el agua se deja caer como un melosioso tintineo entre las bombonas de oxígeno y demás enseres amontonados en tal rincón, o bien en forma de cortina azulejos abajo.
En el pasillo de la zona privada hay una tercera, ésa es la gotera por excelencia: justo en el centro del techo del pasillo y cuyo goteo hace imprescindible tener un cubo puesto (¡lástima que no me haya traído la cámara al trabajo!, para ilustrar. Ya lo hice en una ocasión, y se la envié por correo electrónico al mismísimo Gerente. Al día siguiente, tres albañiles recorrían el tejado y supuestamente arreglaban aquello, pero advirtiendo que sobre nuestras cabezas había un techo de carrizo y que sobre éste habían colocado tejas que al más mínimo movimiento por viento u otros fenómenos naturales, hacía que el agua se filtrase y empapase tan tosca techumbre, provocando la aparición de la gotera.
Y heme aquí, con las manos heladas y los pies calientes, porque me he encontrado una estufilla en el almacén, que no tengo puesta al máximo porque saltan los plomos (como dicen en mi pueblo), acordándome de Barreda y la madre que lo... Eso sí, por encima de todo, y ante todo, la mejor de las sonrisas y el mayor celo para que el nivel de satisfacción del usuario sea siempre óptimo y adecuado, que al fin y al cabo de sus votos depende el que yo tenga un centro nuevo o no. Amén.
martes 22 de diciembre de 2009
sábado 19 de diciembre de 2009
Tortilla de Patatas (o tortilla española, la auténtica)
Ingredientes para cuatro personas:
- Cuatro patatas medianas
- Seis huevos.
- Sal al gusto.
- Aceite de oliva.
Puede añadirse un chorrito de leche entera al huevo para que quede más esponjosa, pero no es necesario si la elaboración que pasaré a detallar es correcta.
- Seis huevos.
- Sal al gusto.
- Aceite de oliva.
Puede añadirse un chorrito de leche entera al huevo para que quede más esponjosa, pero no es necesario si la elaboración que pasaré a detallar es correcta.
Puede añadirse, igualmente, cebolla a la patata, eso hace de la tortilla de patata un manjar para quienes gustan de la cebolla frita, pero se arriesgan al rechazo de quienes gustan de los sabores primarios. Así mismo, puede dar rienda suelta a su capacidad creativa y añadir taquitos de jamón, pimientos, bacon, etc, etc... En tal caso, llámenla como quieran menos española, cuya esencia es la patata y el huevo.
Elaboración:
Se pelan las cuatro patatas, se lavan bien para retirar restos de tierra y se rebanan en *juliana.
Previamente, habíamos puesto al fuego una sartén de base ancha y alta con abundante aceite (de oliva preferentemente, siempre). Se añaden las patatas al aceite bien caliente y se le dan las suficientes vueltas, entre rocío y rocío de sal, hasta que queden doradas.
Previamente, habíamos puesto al fuego una sartén de base ancha y alta con abundante aceite (de oliva preferentemente, siempre). Se añaden las patatas al aceite bien caliente y se le dan las suficientes vueltas, entre rocío y rocío de sal, hasta que queden doradas.
*El corte en juliana es en láminas muy finas.
En el siguiente paso a detallar está el secreto de la tortilla bien hecha: el batido de los huevos. Atención.
Cascamos los huevos y separamos la clara de la yema (de tan minucioso detalle ni pajolera idea nadie, ¿verdad?). Las yemas las apartamos en un plato, y las claras las batimos en un bol concienzudamente, casi hasta el punto de nieve. Después mezclamos con las yemas y seguimos batiendo hasta obtener una masa homogenea en color y textura.
Añadimos la patata frita, previamente escurrida del aceite, y mezclamos hasta que quede bañada totalmente por el huevo batido.
Si llevan prisa y no pueden andar con separaciones y anexiones de yemas y claras, batan los huevos íntegros con energía y entusiasmo en el bol, y añadan el chorrito de leche entera.
Podemos cuajarla en la misma sartén donde hemos frito las patatas, para ello quitamos el aceite sobrante y dejamos lo que equivaldría a una cucharada sopera. Vertemos la mezcla en la sartén y bajamos ligeramente el fuego.
Nota de interés: para que cuaje con dios manda, la sartén debe ser antiadherente. No se pueden imaginar lo que sucedería, después de tanto trabajo, si no lo fuese.
En este proceso es fundamental el juego de muñeca y mucha paciencia. Con el juego de muñeca movemos levemente la sartén, como una especie de swing, con delicadeza, y de vez en cuando el ligero meneíto que evita que se queme el huevo y ayuda a que el calor se filtre entre la patata. Cuando ha adquirido cierta consistencia, procedemos a la maniobra clave de la tortilla: su volveo. Para ello tendremos a mano un plato llano de idéntico diámetro de la sartén. Recuerde: jamás, repito, jamás, el diámetro del plato debe ser menor que el diámetro de la sartén, por razones obvias. Si no lo tiene idéntico, puede hacer uso de otro mayor.
Hasta aquí, nivel de dificultad 3.
Nota de interés: para que cuaje con dios manda, la sartén debe ser antiadherente. No se pueden imaginar lo que sucedería, después de tanto trabajo, si no lo fuese.
En este proceso es fundamental el juego de muñeca y mucha paciencia. Con el juego de muñeca movemos levemente la sartén, como una especie de swing, con delicadeza, y de vez en cuando el ligero meneíto que evita que se queme el huevo y ayuda a que el calor se filtre entre la patata. Cuando ha adquirido cierta consistencia, procedemos a la maniobra clave de la tortilla: su volveo. Para ello tendremos a mano un plato llano de idéntico diámetro de la sartén. Recuerde: jamás, repito, jamás, el diámetro del plato debe ser menor que el diámetro de la sartén, por razones obvias. Si no lo tiene idéntico, puede hacer uso de otro mayor.
Hasta aquí, nivel de dificultad 3.
Voltear la tortilla:
Ponemos el plato llano boca abajo sobre la sartén previamente retirada del fuego, tapando todo su diámetro. Colocamos con firmeza nuestra mano derecha, (si es usted zurdo, o zurda, coloque la zurda, pero sabe que es un problema añadido, extreme la precaución) presionando el plato, con la otra sostenemos la sartén por el mango. Una vez adoptadas las posiciones, con un movimiento rápido y preciso sin que la presión del plato sobre la sartén disminuya, damos la vuelta a la sartén sobre el plato, et ¡voilà!, en el plato y lista para depositarse de nuevo en la sartén para que siga cuajando.
El punto de cuajo de la tortilla va en gustos. Personalmente la prefiero no muy hecha. Hay quién la prefiere totalmente sólida y consistente.
Nivel de dificultad de realización de maniobra 8.
Nivel de dificultad en su totalidad 6.
Detalle importante que olvidaba: la tortilla española tiene forma redonda, siempre.
Nivel de dificultad de realización de maniobra 8.
Nivel de dificultad en su totalidad 6.
Detalle importante que olvidaba: la tortilla española tiene forma redonda, siempre.
Sugerencias de mesa
Puede acompañar la tortilla de un primero en el que pondremos, sobre una fuente llana, una base de lechuga (la escarola rizada es mucho más decorativa), lombarda en finísimas láminas y rúcula. Como elemento decorativo añadiremos seis medallones de queso fresco alrededor de la fuente y sobre la lechuga. En el centro colocaremos rollos de jamón de Jork en cuyo interior hemos puesto espárragos verdes.
Puede preparar como entrante, también, unas finas lonchas de jamón de Guijuelo que Mercadona ya le da cortado y envasado al vacío.
Si es noche de viernes y su pareja salió de cena de trabajo, llame a una amiga que sabe que le vendrá bien comer tortilla y a la que le encanten los espárragos y el jamón serrano, y disfrute de una velada estupenda hablando de cosas de mujeres mientras los niños destrozan la casa.
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la española.,
Tortilla de patatas
viernes 18 de diciembre de 2009
La carta
Merecería una oda, por su desuso, por aquellos sentires que traía y llevaba y porque esperar respuesta era siempre una emoción contenida. Hoy, su uso es casi exclusivo de entidades bancarias, de Hacienda o de gas natural y telefónica, de lo que se deduce que casi nunca trae buenas noticias, sólo notificaciones de gravámenes. Es ella, la carta.
La carta, revestida exteriormente de un blanco mancillado por una dirección escrita en su cara y en su reverso, y en su ángulo superior externo el acreditado sello, esa pequeña obra de arte de forma cuadrada o rectangular, también en desuso por esa otra etiqueta de correo franqueado en los sobres oficiales. Y en su interior, el mensaje impreso en papel que había que desdoblar para poder leer.
Era emocionante la llegada de aquellas cartas con mensaje personal, deseos de que a la llegada de áquella todos se encontrasen bien. Así encabezaba siempre las cartas mi abuela, que yo escribía y remitía a mi tío Paulino (ya saben mis escasos seguidores, aquél a quien Madrid le robó su nombre), siempre igual: Querido hijo, espero que a la llegada de ésta os encontreis bien, nosotros bien gracias a Dios. De lo que dices de ir a la comunión de Manolo..." Y la despedida también se repetía: Sin nada más que deciros, se despiden vuestros padres que lo son (aquí siempre mi carcajada y la reprimenda de mi abuela) Juana y Eugenio.
Me carteé mucho en mi juventud con una amiga del instituto, de la que ahora poco sé, creo que vive en Granada y adoptó una niña rusa. Fueron una centena de cartas de un par de folios cada una, de letra pequeña y comprimida, intensas.
Como todo el mundo, he sucumbido a la comodidad del e-mail, y ya no es fácil que el cartero llame a la puerta, ni una ni dos veces, salvo que sea correo certificado, y su figura no es la entrañable de Braulio, áquel de las Crónicas de un pueblo, serie que formó parte de mi infancia. Ahora el correo es instantáneo, seguro (es difícil que el mensaje se pierda, mientras que las cartas solían perderse de vez en cuando) y en ellos llega cualquier tipo de mensaje, desde el escrito hasta el visual.
Mis hijas han descubierto ese gustillo por el folio en blanco y su profanación, el sobre y el lametón en el sello. Para ellas es algo emocionante, tanto escribir como esperar la respuesta. Se cartean con su amiga Natalia, que además de una ciberexperta, también gusta de la desusada manera de comunicarse. El día que toca responder a una carta es como si se fraguase algo importante en su habitación, que cierran a cal y canto para crear ese ambiente de intimidad y abstracción que requiere semejante tarea.
Ni qué decir tiene que la llegada de una carta siempre tuvo su encanto y su emoción.
La carta, revestida exteriormente de un blanco mancillado por una dirección escrita en su cara y en su reverso, y en su ángulo superior externo el acreditado sello, esa pequeña obra de arte de forma cuadrada o rectangular, también en desuso por esa otra etiqueta de correo franqueado en los sobres oficiales. Y en su interior, el mensaje impreso en papel que había que desdoblar para poder leer.
Era emocionante la llegada de aquellas cartas con mensaje personal, deseos de que a la llegada de áquella todos se encontrasen bien. Así encabezaba siempre las cartas mi abuela, que yo escribía y remitía a mi tío Paulino (ya saben mis escasos seguidores, aquél a quien Madrid le robó su nombre), siempre igual: Querido hijo, espero que a la llegada de ésta os encontreis bien, nosotros bien gracias a Dios. De lo que dices de ir a la comunión de Manolo..." Y la despedida también se repetía: Sin nada más que deciros, se despiden vuestros padres que lo son (aquí siempre mi carcajada y la reprimenda de mi abuela) Juana y Eugenio.
Me carteé mucho en mi juventud con una amiga del instituto, de la que ahora poco sé, creo que vive en Granada y adoptó una niña rusa. Fueron una centena de cartas de un par de folios cada una, de letra pequeña y comprimida, intensas.
Como todo el mundo, he sucumbido a la comodidad del e-mail, y ya no es fácil que el cartero llame a la puerta, ni una ni dos veces, salvo que sea correo certificado, y su figura no es la entrañable de Braulio, áquel de las Crónicas de un pueblo, serie que formó parte de mi infancia. Ahora el correo es instantáneo, seguro (es difícil que el mensaje se pierda, mientras que las cartas solían perderse de vez en cuando) y en ellos llega cualquier tipo de mensaje, desde el escrito hasta el visual.
Mis hijas han descubierto ese gustillo por el folio en blanco y su profanación, el sobre y el lametón en el sello. Para ellas es algo emocionante, tanto escribir como esperar la respuesta. Se cartean con su amiga Natalia, que además de una ciberexperta, también gusta de la desusada manera de comunicarse. El día que toca responder a una carta es como si se fraguase algo importante en su habitación, que cierran a cal y canto para crear ese ambiente de intimidad y abstracción que requiere semejante tarea.
Ni qué decir tiene que la llegada de una carta siempre tuvo su encanto y su emoción.
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Cartas
jueves 17 de diciembre de 2009
Despechos
Me van a perdonar que use este espacio como terapia de desahogo, pero yo sigo erre que erre con los tíos estupendos y esas mujeres abandonadas en su punto de inflexión. Aunque a ellas yo les diría lo que en su día dijo José Bono cuando se retiró temporalmente de la política: “También hay vida más allá de la política”, pues eso, mujeres, que hay vida más allá del matrimonio, y que hay vida más allá de los hombres, y que hay vida más allá de los cuarenta (luego, el muy pendejo, no tardó ni dos telediarios en volver a la política, pero olvidemos tan díscolo proceder, es propio de su…), en fin, yo pretendo hablar del desengaño y de las mujeres despechadas.
Qué sentimiento tan patético es el despecho cuando nace en una mujer desengañada.
El desengaño (o sentimiento de traición) acontece en estos casos cuando se toman como verdades cosas que no son tales. Yo comparo estas verdades (cualidades) que creemos ver con los espejismos.
Las mujeres solemos ver muchos espejismos cuando conocemos a un hombre, vemos lo que queremos ver, idealizamos, los encumbramos a nuestro particular altar y los convertimos en santos de nuestra devoción. A partir de aquí el desengaño está servido.
Sin lugar a dudas, una mujer despechada es una mujer peligrosa. Tal es nuestra cólera (volveríamos a prender Troya si tuviésemos la certeza de que él ardía dentro), que nos impide ver que el resto del mundo sigue ahí, incluso que nos sonríe, y parece entrarnos una insana fijación, hasta el punto de desear su mal. Y tal es nuestro masoquismo, que, desengañadas y abandonadas, nos empeñamos en seguirles el rastro y en interesarnos por sus correrías como si aún nos debieran algo.
La mejor opción ante el desengaño es la indiferencia… eso es, como si el fulano no hubiese existido jamás. Entiendo que tal postura tiene que acompañarse de un ejercicio de autocontrol sobrehumano, y con una capacidad de respuesta de adaptación inmediata. Es seguir esta máxima: vive y deja vivir. Si lo que desencadena la ruptura no tiene solución para qué darle más vueltas. Pero claro, la separación es, a la par con la muerte de un ser querido, una de las circunstancias más estresantes del ser humano, y hay que sufrir el duelo, y según Kubler Ross, ese duelo tiene cinco etapas:
Negación y aislamiento: “esto no me puede estar pasando a mí”, nos encerramos en casa, no queremos ver a nadie…
Ira: este hijo de puta se va a enterar (etapa en donde el despecho alcanza su clímax), no va a tener ni donde caerse muerto, etc, etc… y otras amenazas de semejante índole.
Pacto: nos asalta el sentido común, al fin y al cabo es el padre de nuestros hijos, con semejante gilipollas los tuve y a semejante gilipollas les di por padre, no queda más remedio que apaciguar ánimos.
Depresión: es el abandono de la batalla, bandera blanca, y una pena infinita de una misma, vamos, lo que se dice llorar a lágrima viva y moco tendido todo el rato y que te tiemble la barbilla cada vez que se dice o se sugiere su nombre.
Aceptación: es esa fase, sensata y necesariamente sosegada, en la que una entiende que hay vida más allá de la política.
(Sin ninguna duda, las hay que se estancarán en alguna de esas fases y no culminarán jamás la quinta)
Pero mujeres, no me sean tontas, si a cada cerdito le llega su san Martín, algunos se van contentísimos, como los que se inmolan en nombre de Alá pensando encontrarse en el más allá a veinte vírgenes y tal, y suelen terminan en lugares similares a la Roca, lamiendo el polvo que otros han despreciado (y nunca mejor dicho), ¡qué mayor miseria que esa! Cómo se paladea la victoria cuando ni siquiera se pelea, cuando es el tiempo el que nos la sirve en bandeja… Perdón, quería concluir que no hay mejor reflexión que la que nos lleva a ese vive y deja vivir.
Qué sentimiento tan patético es el despecho cuando nace en una mujer desengañada.
El desengaño (o sentimiento de traición) acontece en estos casos cuando se toman como verdades cosas que no son tales. Yo comparo estas verdades (cualidades) que creemos ver con los espejismos.
Las mujeres solemos ver muchos espejismos cuando conocemos a un hombre, vemos lo que queremos ver, idealizamos, los encumbramos a nuestro particular altar y los convertimos en santos de nuestra devoción. A partir de aquí el desengaño está servido.
Sin lugar a dudas, una mujer despechada es una mujer peligrosa. Tal es nuestra cólera (volveríamos a prender Troya si tuviésemos la certeza de que él ardía dentro), que nos impide ver que el resto del mundo sigue ahí, incluso que nos sonríe, y parece entrarnos una insana fijación, hasta el punto de desear su mal. Y tal es nuestro masoquismo, que, desengañadas y abandonadas, nos empeñamos en seguirles el rastro y en interesarnos por sus correrías como si aún nos debieran algo.
La mejor opción ante el desengaño es la indiferencia… eso es, como si el fulano no hubiese existido jamás. Entiendo que tal postura tiene que acompañarse de un ejercicio de autocontrol sobrehumano, y con una capacidad de respuesta de adaptación inmediata. Es seguir esta máxima: vive y deja vivir. Si lo que desencadena la ruptura no tiene solución para qué darle más vueltas. Pero claro, la separación es, a la par con la muerte de un ser querido, una de las circunstancias más estresantes del ser humano, y hay que sufrir el duelo, y según Kubler Ross, ese duelo tiene cinco etapas:
Negación y aislamiento: “esto no me puede estar pasando a mí”, nos encerramos en casa, no queremos ver a nadie…
Ira: este hijo de puta se va a enterar (etapa en donde el despecho alcanza su clímax), no va a tener ni donde caerse muerto, etc, etc… y otras amenazas de semejante índole.
Pacto: nos asalta el sentido común, al fin y al cabo es el padre de nuestros hijos, con semejante gilipollas los tuve y a semejante gilipollas les di por padre, no queda más remedio que apaciguar ánimos.
Depresión: es el abandono de la batalla, bandera blanca, y una pena infinita de una misma, vamos, lo que se dice llorar a lágrima viva y moco tendido todo el rato y que te tiemble la barbilla cada vez que se dice o se sugiere su nombre.
Aceptación: es esa fase, sensata y necesariamente sosegada, en la que una entiende que hay vida más allá de la política.
(Sin ninguna duda, las hay que se estancarán en alguna de esas fases y no culminarán jamás la quinta)
Pero mujeres, no me sean tontas, si a cada cerdito le llega su san Martín, algunos se van contentísimos, como los que se inmolan en nombre de Alá pensando encontrarse en el más allá a veinte vírgenes y tal, y suelen terminan en lugares similares a la Roca, lamiendo el polvo que otros han despreciado (y nunca mejor dicho), ¡qué mayor miseria que esa! Cómo se paladea la victoria cuando ni siquiera se pelea, cuando es el tiempo el que nos la sirve en bandeja… Perdón, quería concluir que no hay mejor reflexión que la que nos lleva a ese vive y deja vivir.
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Los cuarenta
lunes 14 de diciembre de 2009
D'eau Jeune
Tras la cena continuaré el post.
Ahora anoten impresiones.
Sigamos, aquí va el segundo.
Sigan anotando impresiones.
Tercero.
Sigan anotando impresiones. Mi impresión sobre éste es que es demasiado largo.
Cuarto y último.
No intenten encontrarle relación. Mañana lo contaré más despacio. Ahora duerman felices. Yo haré lo propio.
Eau Jeune
Ayer creí ver a la que fue mi profesora de francés. No sólo me engañó la vista, también esa tarde preinvernal se confabulaba, entres grises plomizos y copos de nieve que se empeñaban en morir al tocar el suelo, para hacerme perder por breves instantes la noción del tiempo, porque aquella mujer que yo había visto por la ventana de mi salón mientras contemplaba, absorta, cómo caían los copos sobre el asfalto y desaparecían sin dejar rastro, se parecía enormemente a la Pilar Marín que yo conocí veinticinco años atrás, pero, tras cuarto de siglo, mi capacidad cognitiva parecía no caer en la cuenta de que ya no podía ser la misma, de que su aire parisino, su pelo rubio platino cortado a lo garçon y sus andar estirado y decidido, no podían permanecer inalterables encontrándose ahora cerca de los setenta.
La presencia de aquella mujer siempre me recordaba un anuncio de televisión de finales de los setenta o principios de los ochenta, es el que buscaba anoche y no encontré: el de la colonia Eau Jeune. Se acompañaba de una canción: "Vísteme Eau Jeune, vísteme con tu frescor a flor de piel". Aquel anuncio, de luces y colores estivales, prendas de ropa vaporosas dejándose caer sobre una cama, un frasco de colonia derramándose gota a gota... todo muy sugerente, sin asomo de pieles ni desnudos por ninguna parte, y las películas de Enmanuelle, de las que siempre nos hablaba, definían a aquella mujer: sensual, con cierta carga de erotismo, segura de sí misma, libre de tabues y prejuicios, y por supuesto, inalcanzable.
El hallazgo del primer video (que yo no sé ustedes, pero es la primera vez que lo veo) me dejó sorprendida... ¡Joer, qué manera de publicitar un perfume, cualquiera lo compra...! Y qué enorme diferencia con aquel Eau Jeune que yo recuerdo, tan de película de Enmanuelle. Sugerencia cero, salvo la subida de temperatura (tan calentón, que diría Jota, que a una se le olvida qué es lo que se anuncia).
Recordé que lleno de erotismo, sensualidad (e impresionante) es el de Charlize Theron. ¡Quién no se compra este perfume! Es más, es que quien lo regale tiene el éxito asegurado.
Después llegué al de esta otra diva, la Kidman. Éste me resulta largo, pesado a pesar de lo cuidado, detallado y tan de cuento de princesas, se centra demasiado en la actriz sin dar rienda suelta a la imaginación... Un peliculón con final feliz en unos breves minutos.
Son mis anuncios preferidos en Navidad, los perfumes: esas mujeres tan deliciosamente vestidas y maquilladas, en escenarios tan cuidados, tan oníricos en muchos casos; esos hombres ya no tan Brumel sino tan 212 Carolina Herrera, sexys pero no machos.
No, no era mi antigua profesora de francés la que vi pasar ayer, arrebujada en una gabardina gris que la protegía de los copos de nieve que se hacían invisibles.
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