Con la adquisición de un modelito Bora Bora Paula Vázquez, con idéntico efecto Visionlab (¡cómo! ¿No me creen? Me remito a las pruebas con la foto que ilustra el post… No, no, no es Paula Vázquez, soy yo con el bikini puesto), doy por concluida mi personal “Operación bikini”. Ya está renovado el vestuario playero, o “piscinero”. Ahora estoy en puertas de mi personal “Operación salida”, como siempre, hacia la playa, ese paraíso de arena juguetona que impregna toallas y bikinis, se cuela alegremente por la rabadilla y otras oquedades anatómicas si te descuidas, y se clava en las piernas como finísimos alfileres cuando es violentamente avivada por la tramontana o el impetuoso levante.
¡Ay, las playas! Ese paraíso de guiris como cangrejos salteados, de castillos maltrechos en la orilla por el vaivén de las olas, de rastrillos, palas y cubitos olvidados, de escopetas de Babaria bronceado intensivo sobre toallas o parcialmente soterradas en la arena, de untes y más untes de protector solar ISDIN facto cincuenta pediátrico para niños y sensibles níveas pieles… Esas largas lenguas de fuego dorado en donde arden tumbonas y sombrillas, además de intenciones y deseos…
Pero a mí
sólo me gustan las playas desiertas, sólo el sonido de las olas sin más algarabías… Otra vez mi batalla perdida con Jota; yo norte, senderismo y relax, él sur, playas y bullicio. Todos los veranos entramos y salimos unas cuantas veces a lo largo del día en esa lista de divorcios que, se dice, se dilata merced a esos continuos roces de convivencia las veinticuatro horas del día, juntitos y bajo el efecto del asfixiante calor… Sí, nosotros somos así, nos gusta ponernos a prueba verano tras verano, y verano tras verano salimos reforzados, sí señor... nos decimos de todo y con sinceridad, como se dicen las cosas en un calentón de lengua... así es como se llega a conocer al otro verdaderamente. Empezamos con el viaje de ida (el de vuelta es idéntico, pero a él se suman agravantes como cargas emocionales del tipo estrés tumbona/playa/pesadillas con dunas), en el que Jota se cree que, en vez de su copiloto, soy un GPS última generación (a parte, no entiendo por qué se empeña en conducir él si tan bien estudiado lo tiene); allá que me entrega un mapa ininteligible que extrae de internet días antes, que pega trocito a trocito con tesafilm, y que yo tengo que ir desplegando y descifrando (reprogramándome cual GPS, como decía) las entradas y salidas de las autopistas. Si a eso le unimos nuestra ya demostrada orientación de paloma de Alberti, el caos está asegurado: dos horas más de viaje gratuitas, el efecto de la pastilla del mareo en las niñas que llega a su fin, vomitera en el coche, paradas en los arcenes para que les dé el aire… que si tú que no me has avisado de la salida, que si tú que parece que conduces con anteojeras… En fin… Una vez cruzamos el umbral de la puerta del hotel (como si llegásemos en patera: las niñas con olor a agrio, Jota con la cara desencajada, yo tirando de las niñas y a punto de desfallecer), parece que las aguas vuelven a su cauce y que es el comienzo de una semanita de descanso y relax: el hotel guay, la habitación guay, la zona de aparcamientos guay, la piscina guay, la playa guay del paraguay…Y el pantalón favorito de Jota que se quedó en Ciudad Real, y falta un bikini de las niñas, y el protector pediátrico que también se quedó en lo alto de la estantería del cuarto de baño… Nada, salvo el pantalón favorito de Jota, que no se pueda subsanar en un tiendajo de playa, ¡que no cunda el pánico!… Y comienzan esas deseadas vacaciones, por las que estás trabajando el resto del año, ésas que crees que mereces, y que tu cuerpo y tu mente ansían como ansia el agua el que muere de sed en medio del desierto, y que año tras año ésta que suscribe lo vive como una auténtica misión de guerra, y como tal regresa.Y ahora me van a perdonar, mañana me esperan las playas de Cádiz, pero hoy me espera la piscina de Ciudad Real y voy a ponerme mi nuevo bikini de efecto Visionlab… ¿Siguen sin creérselo?


